Pareja de amantes (Égloga en Provenza) , de Vincent van Gogh (marzo de 1888) Incendios en nuestro bosque, nuestras miradas, pulso lento, casi hipnótico, buscando tus besos y juntando nuestras almas. Me pierdo en ti, renazco en ti, sueño por ti, muero por ti, vivo por ti, Dame el tiempo para ser indiscutiblemente tuyo, inexorablemente tuyo, ineludiblemente tuyo, inflexiblemente tuyo, completamente tuyo, para siempre tuyo. Amor mío, amor nuestro, amor eterno. Cuando el tiempo calle, cuando el mundo se acabe y se disuelva, que solamente quede tu nombre en mi aliento, ardiendo, intacto, infinito, como un último fuego que nunca se apaga. 06/04/2026 12:22 a.m.
Rasgando las vestiduras de mi piel cansada, tan cansada de abrazar cuerpos que no son el tuyo, solo quiero perderme en ese tiempo inexistente que fluye cuando tus ojos mueven lo inamovible, cuando el destello de tu mirada vuelve posible lo imposible y todo deja de ser utópico. Entonces los sueños y las pesadillas se vuelven eternos y al mismo tiempo fugaces. Muero por probar tus labios cada mañana, escuchar tu respiración que se transforma, transformándose en gemidos que no piden tregua. Perderme siempre en tu mirada lenta; en esos ojos donde encuentro mi debilidad y mi fuerza. Morir de noche y resucitar a tu lado cada día. Eres para mí el alba y el anochecer, el sentimiento puro del placer y la ola intacta de una inocencia. Soy tu más grande admirador, quien siempre verá en ti grandeza y luz. Eres y soy. Soy y somos. Una tormenta que le va a enseñar al mundo que el amor sí vale la pena. 02/25/2026 10:07 a.m.
El dormitorio en Arlés, Vincent van Gogh, 1988 Deja que arda desde los cimientos, deja que cambie el color de las paredes, deja que se consuma quien eras, deja que se queme quien yo fui. Deja que limpie estas ventanas, con manchas de manos tristes del pasado, deja que barra estas heridas, y que poco a poco desaparezcan al ritmo de nuestra apocalíptica canción. Permíteme la entrada al sótano, donde está lo que asusta y hace daño, prendamos la luz juntos, coloquemos un billar en medio, con amor y juegos de antaño. Déjame pedirle a la tristeza que salga de vez en cuando, hazle saber a la ira que puede vivir en nuestra casa y aun así te amo. Pero sobre todo: Por favor, déjame quedarme cuando el humo nuble las ventanas, cuando viejas voces quieran volver. Déjame sentarme en el sofá cuando no seamos perfectos, cuando las escaleras del sótano crujan, cuando las paredes recuerden. Y es que amar no es salvar la casa del fuego, es aprender a habitarla contigo mientras reconstruimos, ladril...
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