Ícaro



Se despertó temblando. Una fuerte ansiedad lo había consumido por completo, interrumpiendo su sueño de golpe.

Ícaro se encontraba en su casa, a las afueras de la ciudad de Riobamba. El sol entraba a través de las ventanas, pero era un sol que no calentaba. La noche anterior había tomado una cantidad descomunal de alcohol en el único bar de aquel pueblo; no sabía ni cómo había llegado a casa, pero recordaba los ojos de alguien. Recordaba, sobre todo, haber bailado hasta el amanecer perdiéndose en esa mirada.

Y es que Ícaro, al ver esos ojos la noche anterior, había visto su propio reflejo. Se sentía profundamente consternado: había hablado de tantas cosas con la dueña de esa mirada, que terminó por darse cuenta de cómo, a través de los años, sus miedos se habían apoderado de él.

¿De dónde nacían los miedos de Ícaro? Tal vez de nunca haberse despedido de una persona en particular; la única que, en algún punto, logró que esas voces y temores se silenciaran por completo.

Entonces Ícaro, aunque no le gustaba para nada escribir —pues pensaba que era una pérdida de tiempo—, cogió un papel que tenía a la mano y un esfero. Las palabras empezaron a fluir. «A modo de terapia, tal vez», se dijo a sí mismo.

La carta iba dirigida a Luz, su segunda esposa, quien un día se tuvo que ir muy lejos. Tuvo que alejarse de Ícaro porque pensó que, en ese momento, él ya no la amaba.

El esfero rozó el papel:

"Desde que te fuiste, tantos años atrás, tengo que confesarte que nada volvió a ser igual o, pensándolo mejor, tal vez todo volvió a ser lo mismo. Volvieron mis miedos con más fuerza, esos que tú lograste algún día aplacar, o tal vez solo adormecer. Dejé de confiar en mí y dejé de confiar en la gente.

Desde que te fuiste, nadie me ha hecho sentir seguro. Por siempre me preguntaré si esa seguridad solo fue la ilusión de un tiempo entre nosotros. ¿Y si algún día todo volvía a ser lo mismo contigo aquí? Es una pregunta que tal vez nunca tenga respuesta, pero yo creo que sí, que es lo más probable. ¿Es algo que tiene que ver conmigo y no con nosotros? La verdad, también creo que sí.

Hace poco sentí que al fin desperté de un larguísimo sueño. Por primera vez en mi vida me he cuestionado tantas cosas que contigo nunca sentí la necesidad de plantearme; cosas que eran totalmente necesarias. Cosas que debo enfrentar y superar.

Estas palabras que te escribo probablemente nunca lleguen a tus ojos, pero necesito dar un cierre definitivo a todo esto que fuimos. Esta es mi manera de hacerlo, mi terapia, porque confieso que de vez en cuando aún te pienso. Me he dado cuenta de que no te pienso tanto por el amor que nos tuvimos, sino justamente por lo seguro que me sentía contigo. Una seguridad que ambos sabemos que también terminó por afectarme demasiado en otros aspectos.

Siento que si no me despido, nunca volveré a encontrar el equilibrio para manejar mi seguridad y mi inseguridad en un punto medio. Lo fuiste todo para mí y siempre estaré agradecido contigo por lo que me enseñaste y por todo lo que vivimos juntos; por hoy demostrarme que en este loco mundo sí existen personas en las que se puede confiar ciegamente. Pero quiero volver a la realidad. La realidad donde sé que no soy perfecto y que las personas que ame tampoco lo serán. Vivimos un cuento de hadas, pero estoy seguro de que si no te hubieses ido, también habrían llegado momentos muy difíciles entre nosotros.

Y es que los momentos difíciles siempre han sido los que más me ha costado enfrentar. La vida no es fácil, la vida no es una película romántica. Ahora quiero aprender a enfrentar esos momentos de duda, los momentos intensos y caóticos, y quiero hacerlo con la mente más clara.

Si algún día te veo por ahí, me encantaría contarte que soy una mejor persona; me encantaría contarte que trabajé mucho en mí. Que encontré el amor verdadero, el real, y que no fue nada fácil; un amor que se tuvo que construir poco a poco, con aciertos y desaciertos, un amor que tal vez se tuvo que construir desde el caos.

Espero que siempre seas feliz y te deseo lo mejor. Te amé profundamente, pero también tienes que saber que ya no te amo. Aun así, te recordaré siempre —y sé que tú a mí también— con mucha ternura y cariño.

No tengo nada más que decirte. Este es mi adiós final".

Al terminar, Ícaro leyó una y otra vez la carta. En voz alta, en su mente, varias veces.

Al final, se dio cuenta de que en realidad nunca necesitó despedirse de Luz: solo necesitaba despedirse de sí mismo, de su propia sombra, a través de sus memorias con ella. La carta nunca sería enviada, así que, como una especie de ritual, decidió quemarla.

Ícaro dejó de sentir tanta ansiedad en ese momento y se propuso enfrentar sus miedos. Salió de su casa y sintió que, por fin, el sol ya lo calentaba.

Fue entonces cuando fue a buscar a Libertad, la mujer con quien había bailado toda la noche, para volver a mirar sus ojos sin pensar tanto en su propio reflejo.

- 01/01/2026 -
- 3:47 p.m. -

Arte: La caída de Ícaro, de Pieter Brueghel el Viejo (ca. 1558). Óleo sobre lienzo transferido a lienzo, Museos Reales de Bellas Artes de Bélgica, Bruselas.


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